Verde. Tan ubicuo en nuestras vidas que pasa desapercibido. Inconscientemente lo extrañamos en su ausencia y sin embargo, cuando está, no advertimos su presencia. Escondido a plena vista en las juntas de las aceras, en los paisajes que contemplas y los que te rodean... incluso en las luces que te indican avanzar. En los vibrantes bosques del Norte, rebosantes de vida, pero también en las austeras dehesas y jaral que salpican de verde, abundantes, el secarral que los ignorantes llaman al Sur.
Verde color vida. En los prados y al borde de los caminos, junto al río y al ibón. En el agua salada, matiz esmeralda del Atlántico, que aparece cuando buceas entre sus olas. Y si miras en su interior, escondido en las corrientes, ¡mira!, allí surge este color.
Verde dulce de la esperanza de ese sueño que estás a punto de alcanzar... y el de la amarga espera de algo que, sospechas, ya no llegará.
O color del intrépido brote que se lanza a la aventura sin saber lo que vendrá.
El verde de ese cerezo junto a la estación, que solo en su blanca primavera llama tu atención, pero que en verano sigue desplegando sus hojas con amor... aunque ya nadie tenga tiempo para mirarlo.
Y es que Lorca tenía razón. Verde, porque te quiero. Verde. En el viento y en las ramas, fría plata en la mirada. Verde... color de mi lembranza, pero también de mi ilusión.