Bienvenidos a este pequeño rincón de imaginación, magia y una pizca de locura. Para quienes se pregunten quién soy, soy una enamorada de la vida y la lectura, con mil sueños y delirios de escritora. ¿Qué vais a encontrar aquí? Todo lo que te puedes encontrar, precisamente, entre las páginas de un libro: historias, fotos, dibujos, recuerdos, reflexiones, susurros de otros tiempos, un poco de poesía, alguna sátira,… y, escondida entre las letras, un poco magia.

Así que no os quedéis en la portada, pasad y disfrutad de vuestro viaje por este mundo Entre las páginas de un libro.


lunes, 20 de febrero de 2012

Creer, ver, volar como Peter Pan.

Mientras leeís: http://www.youtube.com/watch?v=1DF-UPmTZAY&feature=player_detailpage


Ya había llegado la hora. Ya eran las doce de la noche. El silencio reinaba en toda la casa. Todos dormían. Todos, excepto Lucy. La pequeña niña de ojos esmeralda y pelo avellana que había estado tumbada en su cama con los ojos cerrados pero sin dormir, simplemente esperando, abrió de repente los ojos de par en par. Retiró las sábanas que cubrían su cuerpo y se deslizó fuera de la cama. Sus pies se posaron sobre la fría madera, pero a ella no pareció importarle. Iba arrastrando su largo y blanco camisón con puños y cuello de encaje. Su paso era lento, pero firme y seguro. Caminaba sin vacilar y sin hacer ningún ruido, cualquiera que la hubiese visto diría que sus pies no tocaban el suelo. Pasó delante del dormitorio de sus padres y de sus hermanos mayores. Todos ellos sumidos en un profundo sueño en sus frías, oscuras y silenciosas habitaciones. Lucy negó con una sonrisa traviesa en la cara. Ingenuos. Siguió caminando y llegó a las escaleras. Subió un escalón y luego otro. Si alguien se hubiese parado ha escuchar, habría oído una suave melodía que provenía del desván, que se hacía más intensa con cada escalón que se subía. Era una melodía suave, sugerente, susurrante, misteriosa, hipnótica y puede que hasta un poco siniestra. A cada paso que daba más cerca estaba de su objetivo, menos espacio la separaba de la puerta del desván.
Ya había terminado de subir, puso una mano en el pomo, abrió la puerta y sonrió.
Como siempre la esperaban. La ventana estaba abierta de par en par, una fría brisa entraba inundando la habitación. El viento revolvió los cabellos de la niña, que cerró los ojos disfrutando de la sensación. Abrió los ojos y tomó la mano que le tendía una de las criaturas allí presentes.
Pronto estuvieron sobre volando las solitarias praderas bañadas por la luz de la luna, las pequeñas aldeas adornadas con pequeños puntos luminosos, los farolillos.

Por mucho que, aquellos que se encontraban a ras del suelo, alzasen la mirada al firmamento no verían más que brillantes puntos lejanos y una blanca luna. Por mucho ruido que hiciesen Lucy y sus amigos, por muy bajo que volasen, nadie repararía en ellos. Eran demasiado mayores, demasiados incrédulos como para poder verles. Porque no se puede ver algo en lo que no se cree. Y esas criaturas que acompañaban a Lucy y que parecían sacadas de un cuento de hadas, era algo, que por alguna razón, la gente mayor no podía ver,... ni entender. Tan solo unos niños que seguían despiertos y alzaron la mirada en ese momento, sí les vieron, por la simple razón de ser niños, por su inocencia, por su inmensa imaginación, por el simple hecho de creer.
Y desde lo alto del cielo, Lucy podía ver como los niños la sonreían al verla, y como unos callaban lo que acaban de ver mientras otros corrían a contárselo a sus padres, en el vano intento de hacerles creer. En estos momentos, Lucy meneaba la cabeza con pena, ella también había querido compartir sus aventuras con sus padres y hermanos, pero nunca la habían creído. Al principio habían creído que se lo soñaba, luego habían pensado que se había vuelto loca, por eso, Lucy había dejado de habar sobre sus amigos y los momentos que pasaba con ellos.
 
Los años pasaron, todos crecieron, incluso Lucy creció. Los niños de la aldea dejaron de ver a los misteriosas criaturas del desván de Lucy, dejaron de ver todo lo que veían cuando eran pequeños. Menos Lucy, que a pesar de todo, siguió viendo volar a los mágicos seres que un día jugaron con ella. Solía sentarse en el porche de su casa a observar el cielo nocturno y a sus criaturas, recordando con una sonrisa en los labios y lágrimas en los ojos. Porque a pesar de todo, incluso Lucy había crecido, y llegó un día en el que ya no fue capaz de alzar los pies del suelo, en el que se quedó mirando con tristeza como sus amigos alzaban el vuelo y se alejaban alicaídos por no poder volar con su amiga.

En la infancia dejamos todas nuesras inocentes ilusiones, nuestra inmensa imaginación y la capacidad de ver y creer. El crecer implica madurar, pero no dejar de soñar y creer en lo "imposible". Y sin embargo... solo algunos mayores son capaces de ver como niños pequenños.Tan solo unos cuantos conservan su espíritu de niño de Peter Pan.

.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Caída (II) "¡Quiero despertar!"

A continuación, todo sucedió a gran velocidad, pero no tan rápido como los compañeros de  Alexandra hubiesen querido.


Medio circo estaba en la sala de espera del hospital. Entre ellos estaba Kai, ya no sonreía, su sonrisa había sido borrada de su rostro.
Cuando apareció el médico todos alzaron la cabeza hacia él, expectantes, algunos incluso se levantaron. Todos estaban impacientes por saber el diagnóstico de su compañera.
-La Srta. Doyle está muy débil. Ha perdido mucha sangre. Y... ha entrado en coma.

Caída (I)

(Esta historieta la he enviado a Masqueunahistoria).


Se acercaba ya la fecha de la inauguración de su nuevo espectáculo. El circo "La Mariposa" bullía de actividad. Todos estaban ocupados en sus tareas.

Alexandra Doyle la vanidosa y orgullosa trapecista y protagonista del próximo espectáculo, estiraba antes de ponerse a ensayar.

-¿Preparada?-preguntó una alegre voz a sus espaldas. Kai. Alexandra puso cara de fastidio. No comprendía como ella, la mejor trapecista del circo, la que más tiempo llevaba trabajando con "La Mariposa" tenía que compartir con aquel novato el protagonismo de la obra. Siempre había actuado sola y todo había ido perfectamente, pero con él todo se complicaba. Se equivocaba a menudo en los pasos, había estado a punto de tirarla más de una vez, pero lo que más la exasperaba era sonrisa que tenía siempre en la boca, como si todo no fuese más que un juego sin apenas importancia.

-¿Lo estás tú?- preguntó ella con acidez, poniéndose de pie y volviéndose a mirarle.- Porque te recuerdo que la última vez el que se cayó del trapecio fuiste tú no yo.

-Solo fue un pequeño accidente- contestó con una radiante sonrisa.

-¡Un pequeño accidente! ¡Por poco no me tiras a mi también!-casi gritó ella. Inspiró profundamente para calmarse, se dio media vuelta y se fue a seguir con su estiramiento e otra parte. El muchacho meneó la cabeza con una sonrisita en los labios. Y se fue en dirección contraria a ella.

Mientras, los tramoyistas lo preparaban todo para el último ensayo antes del espectáculo. Ramón, era el que se encargaba de las cuerdas, redes de seguridad, y todo lo que necesitaban los trapecistas. Normalmente tardaba entre 45 minutos en ponerlo todo a punto, pero esta vez, tenía prisa, tenía ir a ver a su hermana que el día anterior había tenido un accidente de coche y estaba en el hospital. Así que lo hizo en treinta minutos.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Guerra

Bombardeos, estrepitosos sonidos de disparos, escalofriantes gritos de desolación y pena. Era todo cuanto se oyó durante días, semanas, meses... Ruidos desagradables, llenos de ira, odio dolor...Los sonidos de la guerra ¡Qué lejos quedaban los suaves sonidos que reinaron antaño aquel lugar! Los verdes campos, la colorida cuidad llena de vida las risas de los niños jugando en las calles,... Ahora todo eso formaba parte de los recuerdos. Todo había sido reemplazo por disparos, parajes desolados por el fuego, los gritos de las víctimas de aquella guerra. Ya no quedaba nada, solo había sitio para el dolor y odio.

Tara se encontraba acurrucada, encogida sobre sí misma en el rincón de un sótano. Lo había perdido todo, su familia, su hogar, sus amigos. A diario era testigo de los daños que causaba aquella espantosa guerra. Había visto morir a sus seres queridos, había presenciado la destrucción de de lo que un día fue su hogar. Todas estas experiencias habían cambiando por completo a Tara. Ya no era una niña. A pesar de tener solo 14 años, en pocos días había vivido experiencias que la habían convertido en una persona anciana, cansada de vivir en una pesadilla que no parecía tener fin.

De repente, todo paró. Y un silencio absoluto se adueñó del lugar. Levantó poco a poco la cabeza, temiendo que todo volviese a empezar. Reunió fuerza y valor, abrió la puesta de su escondite y asomó la cabeza. Vio más personas que como ella, tímidamente, salían de sus refugios, incrédulos. ¿Había acabado ya todo? Parecía que sí. Entonces una voz anónima lanzó un grito de alegría al cielo que fue coreado por los demás.
Sin embargo Tara permaneció callada. Sabía que lo peor aún estaba por llegar.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Fracaso

Esa desagradable y frustrante sensación que experimentas después de haberte esforzado en algo, para luego no conseguir tu objetivo.
Como cuando haces algo que te gusta y que crees que se te da bien, y de repente descubres que hay alguien que lo hace mejor, al que se lo reconocen. Cuando te dedicas a algo pensando que no lo haces mal, llega alguien que te supera, que lo hace mejor, más rápido.
Trabajar en algo con ahínco, alimentando la esperanza de alcanzar tu "premio",  que tu "proyecto" se encuentre entre los destacados, de ganar ese concurso. Y descubrir que todo eso lo consiguió aquel que no quería participar y que lo hacía por obligación. Aquel que no se había esforzado apenas, porque no le importaba nada el ganar o perder.
Que nadie se dé cuenta de lo mucho que te has esforzado, que todos dirijan su atención al otro. Que después años trabajando para conseguir algo, para que te den "eso" que es tan especail para ti, venga otro y lo obtenga en menos de un mes. que le den al otro esa oprtunidad por la que has estado luchando durante años. 

Dicen que el fracaso, los errores, los fallos, te ayudan a mejora y a querer superarnos en algo. Yo no estoy de acuerdo con eso. Al menos, no del todo. Es verdad, que a veces el fallar, sí puede servir de estimulo para intentar mejorar, pero otras veces, no sirven más que para  preguntarse: "¿Para qué intentarlo?" "¿De qué sirve esforzarse en vano?" "Ya fracasé la última vez, ¿qué habrá cambiado desde entonces? Él también habrá mejorado". No quieremos volver a sentir que no sirvió para nada. Que después de el todo esfuerzo, nadie tenga en cuanta tú trabajo. Y que si se fijan en él no sea más que para compararlo con el del otro: “Mira como él si pudo”, “¡Qué bien le salió!” “Seguro que debió esforzarse mucho más que tu”. ¡Mentira! No se esforzó,  puede que incluso se lo hiciesen.
Todo esto te hace desistir. Solo cuando tienes un buen “rival” que, al igual que tu, se esfuerza, el perder ya no resulta tan amargo. Por lo menos no perdiste contra cualquiera.
A veces necesitamos un poco de apoyo, alguien que nos anime a continuar, porque muchas veces ya preferimos no volver a intentarlo, pues sentir que hemos vuelto a fallar, que eso que tanto nos gusta no se nos da tan bien como creíamos, no es del todo una sensación agradable.
Sé que no merece la pena defender este punto de vista, pues la vida no funciona así, y o arriesgas o no ganas. Sin embargo si pido que de vez en cuando la gente mire un poco desde esta perspectiva, que se den cuenta de lo que significa perder, y tengan en cuanta a aquellos que sí se esforzaron, pero que no lo consiguieron.
A pesar de todo  nunca debemos olvidar que lo importante no es las veces que nos caemos, sino las que nos levantamos y siguimos caminando. Para que, al final, cuando alcancemos nuestro objetivo, podamos pensar: "Verdaderamente mereció la pena aguantar hasta el final".


lunes, 14 de noviembre de 2011

Catalina, la grande.

Esta entrada se la dedico a una amiga mía, (ex)compañera de mesa, compañera de risas y aventuras. Esto es para ti (y para todo aquel que quiera reírse un rato), espero que te guste.

Ella es una chica muy especial,  incomparable e inconfundible, como un Ferrero Rocher.
Es una persona paciente y lenta, como dice ella, "Tengo metabolismo de tortuga". Y yo creo que sería muy feliz siendo dicho animal y viviendo en San Petesburgo, su cuidad de ensueño; (por eso la entrada tiene el nombre de una emperatriz rusa). Nadie mejor que ella para describir lo bonita que es esa cuidad.
 Como he dicho antes es muy tranquila, y no hay nadie que capaz de sacarla de quicio, (a excepción mía, claro, que soy la única persona capaz de estresarla).

Está un poco loca, pero ¿quién no lo está después de estudiarse en una sola tarde la Revolución Americana? ¿Y de soportar 32 horas semanales de clase?

Es sarcástica e ingeniosa y hasta inteligente cuando se lo propone, aunque (al igual que yo) no encuentra explicación alguna a las formula y teorías, ya sean de Matemáticas o de Física y Química. Porque como dice ella, ¿qué necesidad tenía el hombre de ponerse a investigar sobre los átomos y sus enlaces, si no para fastidiar a los que se lo tiene que estudiar ahora? "¿Has visto alguna vez un átomo? No. Pues ala, no existen, ¿quién me dice a mi que no se lo han inventado todo para hacernos estudiar algo?" cosas como estas son las que suele decir cada vez que tenemos Física y Química.

En cuanto al deporte, ella y el hacer ejercicio son dos cosas completamente distintas.(Aprueba Educación Física casi simpre gracis a la parte teórica...) Aunque empiezo a creer que esto es algo psicológico. Porque todos los día tiene que hacerse dos caminatas de 40 minutos cada una para ir de casa al instituto y vice-versa.

Mi amiga, es también de lo más oportuna, como por ejemplo cuando en nuestro viaje a Gales, empezó a criticar a la profesora de inglés en el baño, estando esta presente. ¡Muy bien! ¡Menuda metedura de pata! Aunque para meteduras de pata la que tuvo tres día más tarde, cuando se quedó atrapada en el barro mientras pasábamos por el cauce de un río seco. Y gracias a su desarrolladísimo sentido del equilibrio, se cayó de culo, sin poder levantarse. Y riéndose a carcajada limpia y con los brazos en alto pedía ayuda mientras todos los demás nos reíamos, yo entre ellos. Pero con la mala suerte, que cuando le fui ha hacer una foto allí metida en el barro, me caí yo también, pero a diferencia de ella yo pude salir. Conclusión, al final la profesora a la que había insultado obtuvo su venganza y mi amiga necesitó la ayuda de nuestro profesor de biología y unos cuanto tirones, para poder salir de allí. Dejando la huella inborrable de esta imagen (en el barro), y en las mentes de todo aquel que la vio. En el video que tenemos de ella en el barro saldrá en su graduación, en su cumpleaños y hasta puede que en tu jubilación. Porque como dices tu, mi querida amiga, si no te pasa por un momento embarazoso, no has pasado por el Moñino. Tú eres la prueba viviente.

En fin así es ella, como dije antes in comparable e inconfundible.

Mi (ex)compañera de pupitre, compañera de risas y aventuras, tu amiga Inés.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Fuego

Corría por el bosque, el viento revolvía su pelo. El eco de su risa llenaba el ambiente. Los árboles eran el escenario perfecto para sus fantasías. Adoraba aquel lugar. Mas un día al llegar, no encontró nada. No oía a los pájaros cantar, no veía el color de las flores, no veía el lugar donde solía jugar. Ahora todo era negro. Había sido consumido por el fuego como si de papel se tratase. El bosque había desaparecido dejando solo los recuerdos. La niña lloró y se fue por donde había venido sin ver que donde su lágrima cayó, había florecido una flor.