¿Qué son las estrellas?, se preguntaba la pequeña Sarah ¿Cómo era posible que en pleno 2090 nadie supiese nada de ellas? ¿Por qué nadie sabía contestar a una pregunta tan sencilla? Todos le contestaban cosas diferente y sin sentido alguno.
-Las estrellas,... son objetos astronómicos que... brillan con luz propia y que están muy, muy lejos de la Tierra.-Había explicado George, su profesor.
-Son bolas brillantes que llenaban el cielo cada noche, pero hace varios años que nadie ve una, algunos dicen que ni existen.- Le había dicho su vecino.
-¿Las estrellas?... ¡Aaaah!... Ya me acuerdo. Hace unos años vi alguna cuando fui al campo de mi abuela. Son luciérnagas que se quedaron pegadas hace tiempo en el cielo pero como eso pasó hace mucho tiempo se han ido cayendo y por eso ahora ya no hay ninguna.-Le explicó un compañero de clase.
-Pues,...serán el reflejo de las luces de la ciudad- le había contestado su hermana mayor, sin mucha convicción.
-No, me llamo Isabelle, no Estella-dijo una compañera de clase, que había escuchado mal la pregunta y había entendido que su amiga le había preguntado si se llamaba Estrella.
No, nadie sabía responder a su pregunta. Había llegado ala conclusión de que si quería averiguar que era una estrella tendría que averiguarlo ella misma. Así que cuando llegó a su casa cogió su mochila rosa y metió un par de guantes, una bufanda y su muñeca favorita. Se puso su chubasquero amarillo de patitos, su botas de agua y se plantó en la cocina con expresión resuelta y decidida.
-Mamá- dijo con su aguda vocecita- mamá, me voy a buscar estrellas.
-Vale cariño, pero no tardes que enseguida comemos.-Dijo de forma distraída y sin mirarla..
Y Sarah se dirigió a la entrada. Estaba delante de la puerta de la calle, cogió aire, se puso de puntillas agarró el pomo y...
-¡Pero qué haces!-chilló su madre detrás de ella, apartándola de la puerta.-¿Se puede saber qué pretendías hacer?
-Ya te lo he dicho mamá, ir a buscar estrellas. Y me has dicho que no tardese mucho porque teníamos que comer así que...
-¡Pero qué estás diciendo! ¡Buscar estrellas! ¡Si ni siquiera sabes lo que son!
-Por eso me iba a a buscarlas, para ver qué son.-Explicó la niña con inocencia. La madre inspiró una, dos veces.
-Vete a tu cuarto y que sea la última vez que hace esto. Vamos hombre, ¡Una cría de cuatro años!Buscando estrellas ¡por Manhattan!, lo que me quedaba por ver.
Sarah meneó la cabeza con desaprobación, "Mayores"- se dijo. No les entendía nunca, había pedido permiso para ir a buscar estrellas, y su madre había dicho claramente "vale" ¿por qué entonces se enfadaba tanto?
Pasaron las semanas y los meses, y por fin llegó el verano. El calor era insoportable en la gran cuidad.
Más de una vez, Sarah se había preguntado por qué narices nadie quitaba la calefacción de la cuidad si el invierno ya había pasado. No entendía por qué en invierno, que hace frío, ponen el aire acondicionado y en verano cuando hace calor conectan en la cuida la calefacción.
La familia de Sarah tenía pensado pasar el mes de agosto en Vancuver. En una casa rural a las afueras de la cuidad, muy, muy lejos de la urbe y celebrar allí el cumpleaños de la pequeña Sarah. Lo cual para la hermana mayor de Sarah, Ashley, era un fastidio, pero el resto de la familia era el plan perfecto para las vacaciones.
Llegaron a la casa que habían alquilado, el día de su cumpleaños justo a tiempo para el atardecer. ¡Qué luz tan bonita! ¡Qué colores tan bonitos tenía el cielo!
-Mamá, mira- la llamó Sarah- ¡las nubes son naranjas!
-Ahora no puedo estoy preparando tu sorpresa. Te va a encantar.
-Ashley ven, te va a encantar, es mejor que los dibujos de la tele.- volvió a llamar la niña.
-Sarah déjame, estoy hablando por teléfono y es muy importante, ¿podrías no molestarme con tus nubes de colores?
-Pues ellos se lo pierden_ murmuró para sí y volvió a fijar su mirada en el sol que ya se escondía tras los árboles. Entonces entró a la casa y se sentó a cenar con su familia. Mamá había preparado su plato favorito huevo frito con patatas en gorma de corazón. Cuando terminaron, Ashley se levantó de la mesa, fue a la cocina y volvió con una gran trata de chocolate y galletas, la preferida de su hermanita.
-¡Feliz cumpleaños!-exclamaron todos a coro mientras Sarah soplaba las velas y abría entusiasmada todos sus regalos. Y todo mientras papá grababa todo con su nueva cámara.
Llegó la hora de dormir, Sarah se fue a su cama abrazada a su nueva muñeca, Lora, que tenía un bonito vestido azul oscuros con puntitos de plateada purpurina salpicados por todo el traje. Iba a cerrar los ojos cuando una suaves luz se filtró entre las cortinas de la ventana de su habitación. Sarah se levantó corrió la cortina y..
-¡Halaaaaa!-murmuró maravillada. Se levantó de la cama y corrió al salón donde estaban su hermana y sus padres.
-¡Mami, mami! ¡Gracias por el regalo! son muy bonitas, ¿las has puesto tu todas?- los padres miraban a su hija sin llegar a comprender.-Ashley ven mira,-dijo cogiendo a su hermana de la mano y guiándola hasta la ventana de su habitación.-¿A qué son preciosas? Mamá las colocado toda, bueno, creo que papá la ayudado un poco.
-¡Vaya!-comentó su hermana- si que son bonitas, sí.
-Pero ¿de qué hablas Sara?- preguntaron sus padres entrando en la habitación.
-De las estrellas, de lo bonitas que os han quedado. Me gustan mucho.-Contestó la niña corriendo a dar un abrazo a su padres. Estos sonrieron, cómplices, y decidieron no decir. Sería mejor contárselo en otro momento, Sarah estaba encantada con aquellas estrellas que sus padres "habían pegado" en el cielo. La pequeña contemplaba los astros con fascinación. Realmente eran hermosas. No eran bolas brillantes, ni los reflejos de la cuidad, eran mucho más. Eran pequeñas lucecitas que brillaban como diamantes en el firmamento, formaban grupos. Todas tenían un brillo diferente, todas parecían guardar un secreto o una historia que contar. Algunas incluso atravesaban el cielo a toda velocidad dejando tras si una luminosa estela de polvo plateado.
Bienvenidos a este pequeño rincón de imaginación, magia y una pizca de locura. Para quienes se pregunten quién soy, soy una enamorada de la vida y la lectura, con mil sueños y delirios de escritora. ¿Qué vais a encontrar aquí? Todo lo que te puedes encontrar, precisamente, entre las páginas de un libro: historias, fotos, dibujos, recuerdos, reflexiones, susurros de otros tiempos, un poco de poesía, alguna sátira,… y, escondida entre las letras, un poco magia.
Así que no os quedéis en la portada, pasad y disfrutad de vuestro viaje por este mundo Entre las páginas de un libro.
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martes, 6 de marzo de 2012
miércoles, 29 de febrero de 2012
El cuentacuentos
Mientras leeís: ttp://www.youtube.com/watch?v=LveS3tx-6cQ&feature=player_detailpage
La noche cubrío la región con su oscuro manto. Los habitantes de la aldea volvían a sus casas, blandiedno farolillos contra la noche. A las afueras de la aldea estab el bosque, oscuro como la boca de un lobo. Repleto de seres horrbles, monstruosos y despiadados que salía cada noche, o al menos eso contaba la leyenda.
Los aldeanos duermen plácidamente en sus casas y mientras en el bosque se oye un suave aleteo, una risa conteniada, susurros entre las sombras. Ya era media noche. la luna brillaba alta en lo alto del cielo. la luz se filtraba entre las ramas del bosque produciendo extrañas sombras. Destellos dorados resaltan en la oscuridad. Se dirigen a un diminuto claro. En el medio de este, seal zaba imponente el cuentacuentos, un árbol milenario. Entre sus nudosas raíces habían diminutas lucecitas doradas que brillaban con instensidad.
Sin embargo aquello es algo más que diminutas centellas. Si observan fijamente, se puede llegar a dislumbrar pequeños rostros infantiles, con grandes ojos negros y profundos como pozo, sonrisa traviesas, orejitas puntiagudas y narices respingonas o chatas. de los luninosos cuerpos de aquellos diminutos seres salían una finas alas con intrincadas runas pintadas en ellas. Las hadas luminosas llenaban aquel pequeño claro conviertiendolo el suelo de este en una alfombra dorada.
Todas esperaban pacientemente el momento. De repente el silencio se adueñó del lugar y una suave brisa atrevésó el claro y se filtró entre las hojas y ramas del árbol milenario y una suave y hermosa melodía empezó a sonar. Las hadas movieron nerviosamente las alas, expectantes. La musica continuó, como un susurro. todas escuchaban embelesadas la canción, algunas incluso cerraban sus ojitos para escuchar mejor. El viento les traía una historia, como cada noche, y allí en el claro del árbol milenario se sentaban todas las noches a las doce en punto a escuhar el cuento narrado por el árbol. El viento llega siempre puntual, trayendo historias de cada rincón del mundo. Historias de caballeros en apuro y valientes princesas, relatos de rebeldes soldados que se alzan buscando la libertad, de pintores de cuyos pinceles retartan el alma,... Historias que el vietno trae, el árbol cuenta y que las hadas escuchan.
...
La noche cubrío la región con su oscuro manto. Los habitantes de la aldea volvían a sus casas, blandiedno farolillos contra la noche. A las afueras de la aldea estab el bosque, oscuro como la boca de un lobo. Repleto de seres horrbles, monstruosos y despiadados que salía cada noche, o al menos eso contaba la leyenda.
Los aldeanos duermen plácidamente en sus casas y mientras en el bosque se oye un suave aleteo, una risa conteniada, susurros entre las sombras. Ya era media noche. la luna brillaba alta en lo alto del cielo. la luz se filtraba entre las ramas del bosque produciendo extrañas sombras. Destellos dorados resaltan en la oscuridad. Se dirigen a un diminuto claro. En el medio de este, seal zaba imponente el cuentacuentos, un árbol milenario. Entre sus nudosas raíces habían diminutas lucecitas doradas que brillaban con instensidad.
Sin embargo aquello es algo más que diminutas centellas. Si observan fijamente, se puede llegar a dislumbrar pequeños rostros infantiles, con grandes ojos negros y profundos como pozo, sonrisa traviesas, orejitas puntiagudas y narices respingonas o chatas. de los luninosos cuerpos de aquellos diminutos seres salían una finas alas con intrincadas runas pintadas en ellas. Las hadas luminosas llenaban aquel pequeño claro conviertiendolo el suelo de este en una alfombra dorada.
Todas esperaban pacientemente el momento. De repente el silencio se adueñó del lugar y una suave brisa atrevésó el claro y se filtró entre las hojas y ramas del árbol milenario y una suave y hermosa melodía empezó a sonar. Las hadas movieron nerviosamente las alas, expectantes. La musica continuó, como un susurro. todas escuchaban embelesadas la canción, algunas incluso cerraban sus ojitos para escuchar mejor. El viento les traía una historia, como cada noche, y allí en el claro del árbol milenario se sentaban todas las noches a las doce en punto a escuhar el cuento narrado por el árbol. El viento llega siempre puntual, trayendo historias de cada rincón del mundo. Historias de caballeros en apuro y valientes princesas, relatos de rebeldes soldados que se alzan buscando la libertad, de pintores de cuyos pinceles retartan el alma,... Historias que el vietno trae, el árbol cuenta y que las hadas escuchan.
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lunes, 20 de febrero de 2012
Inmortal
Paseaba por las calles, lenta y tranquilamente, observandoles. Era un joven alto, rubio, y cualquiera que lo viese de lejos le habría echado alredeor de unos veinte años de edad. Pero si alguien le hubiese mirado a los ojos, habría llegado a una conclusión muy distinta. Sus oscuros ojos eran como pozos sin fondos. En ellos se podía ver la vitalidad de un niño, la sabiduría de un adulto, y el cansancio de un anciano. Como si el tiempo hubiese pasado por él pero sin llegar a tocarle.
Él había viajado por todo el mundo estudiando a los humanos, estudiando el mundo. ¡Todo era tan corto en la Tierra! Todo estaba en constante cambio, nada permanecía. Cada generación moldeaba el escenario a su antojo. Hasta los antiguos guardianes de la Tierra, las montañas, habían cambiado, se habían erosionado, o habían sido explotadas por los hombres.
"El ser humano" se dijo con cansancio, siempre era el ser humano, se creían los dueños de todo y ni siquiera tenían tiempo para poseer todo aquello que creían suyo. "Llevan tan poco tiempo en la Tierra",-reflexionó-" y sin embargo han dejado una huella indeleble tras ellos, para bien y para mal" .
Había oído y visto de todo. Había visto nacer el sol, había visto crecer la vida en la Tierra, había contemplado generaciones y generaciones nacer, creecer y morir. Pero no había encontrado nada comparable al hombre. Había escuchado sus famosos y típicos gritos en las coronaciones de los reyes medievales:"¡Larga vida al rey!"
"Larga vida...-se repetía el joven- ni ellos mismos no saben el significado se sus propias palabras".
Recordó todas sus experiencias. Que corto había sido todo aquello en comparación con lo que le quedaba, toda una eternidad, ¡y los humanos creen tener largas vidas! No duraban más que un suspiro. Todo es tan corto para ellos...
Sin embargo muchos, osados o imprudentes, a lo largo de la historia habían querido ampliar su perido de estancia en la Tierra. Habían buscado en vano la llamada fuente de la juventud, la piedra filosofal...
"Larga vida, no saben lo que piden" repetía el ser inmortal. Sin embargo tenía que ser indulgente con ellos, porque no tienen el tiempo suficiente para aprender sus errores, ni para reparar en el daño que sus fallos provocan, son como niños pequeños, presuntuosos y llenos de curiosidad.
Pero, la curiosidad del inmortal, hacía tiempo que se había desvanecido, él ya había descubierto todo lo que el hombre tardaría milenios en comprender.
Y en el fondo les envidiaba, la mortalidad era lo único que él no tenía y que ellos sí poseían. Él había tenido tiempo de sobra para comprobar el valor de dicho "don", mientras que los humanos no tenían el tiempo suficiente para darse cuenta de ello.
Porque una vez que lo conoces todo, una vez que ya has recorrido todos los caminos, una vez que ya no queda nada por hacer, una vez que ves como todo lo que quieres desaparece, ya solo quieres una cosa, descansar.
Pero así era como debía de ser, él debía permanecer, guardado los sueños imposibles de los humanos, como la inmortalidad, para que no los alcanzasen, para que pudieran seguir soñando.
Creer, ver, volar como Peter Pan.
Mientras leeís: http://www.youtube.com/watch?v=1DF-UPmTZAY&feature=player_detailpage
Ya había llegado la hora. Ya eran las doce de la noche. El silencio reinaba en toda la casa. Todos dormían. Todos, excepto Lucy. La pequeña niña de ojos esmeralda y pelo avellana que había estado tumbada en su cama con los ojos cerrados pero sin dormir, simplemente esperando, abrió de repente los ojos de par en par. Retiró las sábanas que cubrían su cuerpo y se deslizó fuera de la cama. Sus pies se posaron sobre la fría madera, pero a ella no pareció importarle. Iba arrastrando su largo y blanco camisón con puños y cuello de encaje. Su paso era lento, pero firme y seguro. Caminaba sin vacilar y sin hacer ningún ruido, cualquiera que la hubiese visto diría que sus pies no tocaban el suelo. Pasó delante del dormitorio de sus padres y de sus hermanos mayores. Todos ellos sumidos en un profundo sueño en sus frías, oscuras y silenciosas habitaciones. Lucy negó con una sonrisa traviesa en la cara. Ingenuos. Siguió caminando y llegó a las escaleras. Subió un escalón y luego otro. Si alguien se hubiese parado ha escuchar, habría oído una suave melodía que provenía del desván, que se hacía más intensa con cada escalón que se subía. Era una melodía suave, sugerente, susurrante, misteriosa, hipnótica y puede que hasta un poco siniestra. A cada paso que daba más cerca estaba de su objetivo, menos espacio la separaba de la puerta del desván.
Ya había terminado de subir, puso una mano en el pomo, abrió la puerta y sonrió.
Como siempre la esperaban. La ventana estaba abierta de par en par, una fría brisa entraba inundando la habitación. El viento revolvió los cabellos de la niña, que cerró los ojos disfrutando de la sensación. Abrió los ojos y tomó la mano que le tendía una de las criaturas allí presentes.
Pronto estuvieron sobre volando las solitarias praderas bañadas por la luz de la luna, las pequeñas aldeas adornadas con pequeños puntos luminosos, los farolillos.
Por mucho que, aquellos que se encontraban a ras del suelo, alzasen la mirada al firmamento no verían más que brillantes puntos lejanos y una blanca luna. Por mucho ruido que hiciesen Lucy y sus amigos, por muy bajo que volasen, nadie repararía en ellos. Eran demasiado mayores, demasiados incrédulos como para poder verles. Porque no se puede ver algo en lo que no se cree. Y esas criaturas que acompañaban a Lucy y que parecían sacadas de un cuento de hadas, era algo, que por alguna razón, la gente mayor no podía ver,... ni entender. Tan solo unos niños que seguían despiertos y alzaron la mirada en ese momento, sí les vieron, por la simple razón de ser niños, por su inocencia, por su inmensa imaginación, por el simple hecho de creer.
Y desde lo alto del cielo, Lucy podía ver como los niños la sonreían al verla, y como unos callaban lo que acaban de ver mientras otros corrían a contárselo a sus padres, en el vano intento de hacerles creer. En estos momentos, Lucy meneaba la cabeza con pena, ella también había querido compartir sus aventuras con sus padres y hermanos, pero nunca la habían creído. Al principio habían creído que se lo soñaba, luego habían pensado que se había vuelto loca, por eso, Lucy había dejado de habar sobre sus amigos y los momentos que pasaba con ellos.
Los años pasaron, todos crecieron, incluso Lucy creció. Los niños de la aldea dejaron de ver a los misteriosas criaturas del desván de Lucy, dejaron de ver todo lo que veían cuando eran pequeños. Menos Lucy, que a pesar de todo, siguió viendo volar a los mágicos seres que un día jugaron con ella. Solía sentarse en el porche de su casa a observar el cielo nocturno y a sus criaturas, recordando con una sonrisa en los labios y lágrimas en los ojos. Porque a pesar de todo, incluso Lucy había crecido, y llegó un día en el que ya no fue capaz de alzar los pies del suelo, en el que se quedó mirando con tristeza como sus amigos alzaban el vuelo y se alejaban alicaídos por no poder volar con su amiga.
Ya había llegado la hora. Ya eran las doce de la noche. El silencio reinaba en toda la casa. Todos dormían. Todos, excepto Lucy. La pequeña niña de ojos esmeralda y pelo avellana que había estado tumbada en su cama con los ojos cerrados pero sin dormir, simplemente esperando, abrió de repente los ojos de par en par. Retiró las sábanas que cubrían su cuerpo y se deslizó fuera de la cama. Sus pies se posaron sobre la fría madera, pero a ella no pareció importarle. Iba arrastrando su largo y blanco camisón con puños y cuello de encaje. Su paso era lento, pero firme y seguro. Caminaba sin vacilar y sin hacer ningún ruido, cualquiera que la hubiese visto diría que sus pies no tocaban el suelo. Pasó delante del dormitorio de sus padres y de sus hermanos mayores. Todos ellos sumidos en un profundo sueño en sus frías, oscuras y silenciosas habitaciones. Lucy negó con una sonrisa traviesa en la cara. Ingenuos. Siguió caminando y llegó a las escaleras. Subió un escalón y luego otro. Si alguien se hubiese parado ha escuchar, habría oído una suave melodía que provenía del desván, que se hacía más intensa con cada escalón que se subía. Era una melodía suave, sugerente, susurrante, misteriosa, hipnótica y puede que hasta un poco siniestra. A cada paso que daba más cerca estaba de su objetivo, menos espacio la separaba de la puerta del desván.
Ya había terminado de subir, puso una mano en el pomo, abrió la puerta y sonrió.
Como siempre la esperaban. La ventana estaba abierta de par en par, una fría brisa entraba inundando la habitación. El viento revolvió los cabellos de la niña, que cerró los ojos disfrutando de la sensación. Abrió los ojos y tomó la mano que le tendía una de las criaturas allí presentes.
Pronto estuvieron sobre volando las solitarias praderas bañadas por la luz de la luna, las pequeñas aldeas adornadas con pequeños puntos luminosos, los farolillos.
Por mucho que, aquellos que se encontraban a ras del suelo, alzasen la mirada al firmamento no verían más que brillantes puntos lejanos y una blanca luna. Por mucho ruido que hiciesen Lucy y sus amigos, por muy bajo que volasen, nadie repararía en ellos. Eran demasiado mayores, demasiados incrédulos como para poder verles. Porque no se puede ver algo en lo que no se cree. Y esas criaturas que acompañaban a Lucy y que parecían sacadas de un cuento de hadas, era algo, que por alguna razón, la gente mayor no podía ver,... ni entender. Tan solo unos niños que seguían despiertos y alzaron la mirada en ese momento, sí les vieron, por la simple razón de ser niños, por su inocencia, por su inmensa imaginación, por el simple hecho de creer.
Y desde lo alto del cielo, Lucy podía ver como los niños la sonreían al verla, y como unos callaban lo que acaban de ver mientras otros corrían a contárselo a sus padres, en el vano intento de hacerles creer. En estos momentos, Lucy meneaba la cabeza con pena, ella también había querido compartir sus aventuras con sus padres y hermanos, pero nunca la habían creído. Al principio habían creído que se lo soñaba, luego habían pensado que se había vuelto loca, por eso, Lucy había dejado de habar sobre sus amigos y los momentos que pasaba con ellos.
Los años pasaron, todos crecieron, incluso Lucy creció. Los niños de la aldea dejaron de ver a los misteriosas criaturas del desván de Lucy, dejaron de ver todo lo que veían cuando eran pequeños. Menos Lucy, que a pesar de todo, siguió viendo volar a los mágicos seres que un día jugaron con ella. Solía sentarse en el porche de su casa a observar el cielo nocturno y a sus criaturas, recordando con una sonrisa en los labios y lágrimas en los ojos. Porque a pesar de todo, incluso Lucy había crecido, y llegó un día en el que ya no fue capaz de alzar los pies del suelo, en el que se quedó mirando con tristeza como sus amigos alzaban el vuelo y se alejaban alicaídos por no poder volar con su amiga.
En la infancia dejamos todas nuesras inocentes ilusiones, nuestra inmensa imaginación y la capacidad de ver y creer. El crecer implica madurar, pero no dejar de soñar y creer en lo "imposible". Y sin embargo... solo algunos mayores son capaces de ver como niños pequenños.Tan solo unos cuantos conservan su espíritu de niño de Peter Pan.
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sábado, 17 de diciembre de 2011
Caída (II) "¡Quiero despertar!"
A continuación, todo sucedió a gran velocidad, pero no tan rápido como los compañeros de Alexandra hubiesen querido.
Medio circo estaba en la sala de espera del hospital. Entre ellos estaba Kai, ya no sonreía, su sonrisa había sido borrada de su rostro.
Cuando apareció el médico todos alzaron la cabeza hacia él, expectantes, algunos incluso se levantaron. Todos estaban impacientes por saber el diagnóstico de su compañera.
-La Srta. Doyle está muy débil. Ha perdido mucha sangre. Y... ha entrado en coma.
Medio circo estaba en la sala de espera del hospital. Entre ellos estaba Kai, ya no sonreía, su sonrisa había sido borrada de su rostro.
Cuando apareció el médico todos alzaron la cabeza hacia él, expectantes, algunos incluso se levantaron. Todos estaban impacientes por saber el diagnóstico de su compañera.
-La Srta. Doyle está muy débil. Ha perdido mucha sangre. Y... ha entrado en coma.
Caída (I)
(Esta historieta la he enviado a Masqueunahistoria).
Se acercaba ya la fecha de la inauguración de su nuevo espectáculo. El circo "La Mariposa" bullía de actividad. Todos estaban ocupados en sus tareas.
Alexandra Doyle la vanidosa y orgullosa trapecista y protagonista del próximo espectáculo, estiraba antes de ponerse a ensayar.
-¿Preparada?-preguntó una alegre voz a sus espaldas. Kai. Alexandra puso cara de fastidio. No comprendía como ella, la mejor trapecista del circo, la que más tiempo llevaba trabajando con "La Mariposa" tenía que compartir con aquel novato el protagonismo de la obra. Siempre había actuado sola y todo había ido perfectamente, pero con él todo se complicaba. Se equivocaba a menudo en los pasos, había estado a punto de tirarla más de una vez, pero lo que más la exasperaba era sonrisa que tenía siempre en la boca, como si todo no fuese más que un juego sin apenas importancia.
-¿Lo estás tú?- preguntó ella con acidez, poniéndose de pie y volviéndose a mirarle.- Porque te recuerdo que la última vez el que se cayó del trapecio fuiste tú no yo.
-Solo fue un pequeño accidente- contestó con una radiante sonrisa.
-¡Un pequeño accidente! ¡Por poco no me tiras a mi también!-casi gritó ella. Inspiró profundamente para calmarse, se dio media vuelta y se fue a seguir con su estiramiento e otra parte. El muchacho meneó la cabeza con una sonrisita en los labios. Y se fue en dirección contraria a ella.
Mientras, los tramoyistas lo preparaban todo para el último ensayo antes del espectáculo. Ramón, era el que se encargaba de las cuerdas, redes de seguridad, y todo lo que necesitaban los trapecistas. Normalmente tardaba entre 45 minutos en ponerlo todo a punto, pero esta vez, tenía prisa, tenía ir a ver a su hermana que el día anterior había tenido un accidente de coche y estaba en el hospital. Así que lo hizo en treinta minutos.
Se acercaba ya la fecha de la inauguración de su nuevo espectáculo. El circo "La Mariposa" bullía de actividad. Todos estaban ocupados en sus tareas.
Alexandra Doyle la vanidosa y orgullosa trapecista y protagonista del próximo espectáculo, estiraba antes de ponerse a ensayar.
-¿Preparada?-preguntó una alegre voz a sus espaldas. Kai. Alexandra puso cara de fastidio. No comprendía como ella, la mejor trapecista del circo, la que más tiempo llevaba trabajando con "La Mariposa" tenía que compartir con aquel novato el protagonismo de la obra. Siempre había actuado sola y todo había ido perfectamente, pero con él todo se complicaba. Se equivocaba a menudo en los pasos, había estado a punto de tirarla más de una vez, pero lo que más la exasperaba era sonrisa que tenía siempre en la boca, como si todo no fuese más que un juego sin apenas importancia.
-¿Lo estás tú?- preguntó ella con acidez, poniéndose de pie y volviéndose a mirarle.- Porque te recuerdo que la última vez el que se cayó del trapecio fuiste tú no yo.
-Solo fue un pequeño accidente- contestó con una radiante sonrisa.
-¡Un pequeño accidente! ¡Por poco no me tiras a mi también!-casi gritó ella. Inspiró profundamente para calmarse, se dio media vuelta y se fue a seguir con su estiramiento e otra parte. El muchacho meneó la cabeza con una sonrisita en los labios. Y se fue en dirección contraria a ella.
Mientras, los tramoyistas lo preparaban todo para el último ensayo antes del espectáculo. Ramón, era el que se encargaba de las cuerdas, redes de seguridad, y todo lo que necesitaban los trapecistas. Normalmente tardaba entre 45 minutos en ponerlo todo a punto, pero esta vez, tenía prisa, tenía ir a ver a su hermana que el día anterior había tenido un accidente de coche y estaba en el hospital. Así que lo hizo en treinta minutos.
viernes, 9 de diciembre de 2011
Guerra
Bombardeos, estrepitosos sonidos de disparos, escalofriantes gritos de desolación y pena. Era todo cuanto se oyó durante días, semanas, meses... Ruidos desagradables, llenos de ira, odio dolor...Los sonidos de la guerra ¡Qué lejos quedaban los suaves sonidos que reinaron antaño aquel lugar! Los verdes campos, la colorida cuidad llena de vida las risas de los niños jugando en las calles,... Ahora todo eso formaba parte de los recuerdos. Todo había sido reemplazo por disparos, parajes desolados por el fuego, los gritos de las víctimas de aquella guerra. Ya no quedaba nada, solo había sitio para el dolor y odio.
Tara se encontraba acurrucada, encogida sobre sí misma en el rincón de un sótano. Lo había perdido todo, su familia, su hogar, sus amigos. A diario era testigo de los daños que causaba aquella espantosa guerra. Había visto morir a sus seres queridos, había presenciado la destrucción de de lo que un día fue su hogar. Todas estas experiencias habían cambiando por completo a Tara. Ya no era una niña. A pesar de tener solo 14 años, en pocos días había vivido experiencias que la habían convertido en una persona anciana, cansada de vivir en una pesadilla que no parecía tener fin.
De repente, todo paró. Y un silencio absoluto se adueñó del lugar. Levantó poco a poco la cabeza, temiendo que todo volviese a empezar. Reunió fuerza y valor, abrió la puesta de su escondite y asomó la cabeza. Vio más personas que como ella, tímidamente, salían de sus refugios, incrédulos. ¿Había acabado ya todo? Parecía que sí. Entonces una voz anónima lanzó un grito de alegría al cielo que fue coreado por los demás.
Sin embargo Tara permaneció callada. Sabía que lo peor aún estaba por llegar.
Tara se encontraba acurrucada, encogida sobre sí misma en el rincón de un sótano. Lo había perdido todo, su familia, su hogar, sus amigos. A diario era testigo de los daños que causaba aquella espantosa guerra. Había visto morir a sus seres queridos, había presenciado la destrucción de de lo que un día fue su hogar. Todas estas experiencias habían cambiando por completo a Tara. Ya no era una niña. A pesar de tener solo 14 años, en pocos días había vivido experiencias que la habían convertido en una persona anciana, cansada de vivir en una pesadilla que no parecía tener fin.
De repente, todo paró. Y un silencio absoluto se adueñó del lugar. Levantó poco a poco la cabeza, temiendo que todo volviese a empezar. Reunió fuerza y valor, abrió la puesta de su escondite y asomó la cabeza. Vio más personas que como ella, tímidamente, salían de sus refugios, incrédulos. ¿Había acabado ya todo? Parecía que sí. Entonces una voz anónima lanzó un grito de alegría al cielo que fue coreado por los demás.
Sin embargo Tara permaneció callada. Sabía que lo peor aún estaba por llegar.
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