Bienvenidos a este pequeño rincón de imaginación, magia y una pizca de locura. Para quienes se pregunten quién soy, soy una enamorada de la vida y la lectura, con mil sueños y delirios de escritora. ¿Qué vais a encontrar aquí? Todo lo que te puedes encontrar, precisamente, entre las páginas de un libro: historias, fotos, dibujos, recuerdos, reflexiones, susurros de otros tiempos, un poco de poesía, alguna sátira,… y, escondida entre las letras, un poco magia.

Así que no os quedéis en la portada, pasad y disfrutad de vuestro viaje por este mundo Entre las páginas de un libro.


martes, 23 de julio de 2013

Y si...


Y mientras lee, escucha .


Querido Romeo:

Tras tu partida todo se veía más gris. Nos sabes cuanto te echaba de menos. El sol apenas brillaba, el canto de los pájaros era melancólico y triste. Me encerré en mi mundo del que pocas veces salía, y me limité a esperarte. Esperé tu regreso durante doce meses. Doce interminables meses en los que permanecía mirando al horizonte, ya hiciese sol o lloviese, esperando ver tu silueta acercarse.
Cuando me cansé de esperar y por fin comprendí que ya no volverías a por mi, la tristeza y el dolor me invadieron, después la ira y el enfado se apoderaron de mí, más tarde llegó la resignación y por último, las ganas de recuperar el tiempo perdido.

miércoles, 19 de junio de 2013

Cazadora IV: El viaje

El viento soplaba con fuerza, arañando la piel, jugando con los mechones de su cabello que estaban fuera de su capucha. El gélido aire se colaba entre sus ropajes haciéndola estremecer de frío.
Antes de partir Shyana se había asegurado de tener todo lo necesario para el viaje. Había cazado dos ciervos y a un despistado reno. Había secado su carne, (para que no se estropease durante el viaje), con su vísceras había creado recipientes con los que poder transportar líquidos, con sus abrigadas pieles se había confeccionado un par de botas, ropa de abrigo, una tela que utilizaba para dormir a modo de tienda y una macuto donde lo guardarlo todo. A sabiendas del la nieve que caería, había impermeabilizado la mitad de sus prendas con la grasa de su presas. Pero al parecer todo eso no había sido suficiente.

El viento chocaba ente las paredes de las montañas que había alrededor, entre los finos árboles de alrededor, y la azotaba sin piedad sus sonrosadas mejillas por el frío, mordía sus entumecidos dedos, haciendo menguar sus últimas fuerzas. Cayó de rodillas sobre la nieve. se abrazó a sí misma temblando. Sus lágrimas cálidas lágrimas dejaban un húmedo surco en sus mejillas que no tardaban en helarse, intentó levantarse, ponerse en pie, pero sus piernas se negaban a responder y su voluntad era cada vez más débil. Sabía que si quedaba así mucho tiempo moriría de frío pero estaba tan cansada, que la idea de poder descansar resultaba dolorosamente tentadora. Llevaba casi dos semanas andando, ya no le quedaba apenas comida, había perdido completamente el rastro de su lobo. Ha perdido toda su esperanza,si no de poder regresar algún día a su precioso y cálido valle. Haberse internado en las frías montañas en pleno invierno había sido un tremendo error, había subestimado el poder de la nieve y el frío y ahora estaba pagando por su equivocación.

Alzó de nuevo su cabeza, tal vez para echar un última mirada al mundo que seguramente ya dejaba atrás, entonces lo vio. Recortado en la ventisca, de frente y mirándola fijamente con sus ojos ambarinos. Shyanna parpadeó sorprendida, temiendo que lo que estaba viendo fuese tan solo una ilusión nacida de su desesperación. Pero el lobo permanecía allí, real, observándola. Giró la cabeza buscando algo que sólo él podía ver. De nuevo centró su mirada en la joven, y tras unos segundos alzo la cabeza y profirió un corto aullido. Una vez terminó, echo a correr en dirección contraria a la joven, "invitándola" a seguirlo. Fuera como fuere no importaba, se levantó a toda prisa y en apenas unos segundos corría tras el lobo con renovadas fuerzas y esperanzas, así como con renovada rabia.
Shyanna corrió tras el animal todo lo rápido que pudo, pero el lobo contaba con innumerables generaciones de perfeccionamiento, que lo habían adaptado al medio perfectamente, permitiéndole moverse por aquellos parajes tan hostiles con gran agilidad. Y pronto la dejó atrás. La joven se paró en seco y miró a su alrededor. Solo veía nieve y viento, pero su percepción de cazadora no se basaba simplemente en la vista, su condición depredadora la había ensañado a dejar guiarse por su oído, olfato y tacto. Shyanna había aprendido a leer el medio en el que se encontrase, fuese cual fuese.  Se agachó y contempló con interés la  huellas que el lobo había dejado en su huida. Con tan solo ver su profundidad y la distancia entre unas y otras, Shyanna era capaz de deducir más que cualquier otro experimentado cazador sobre su presa. Sabía hacia donde se dirigía el lobo, y la velocidad que llevaba, y esta vez no lo iba  a perderle. Sin embargo su equipaje le dificultaba mucho moverse y mermaba considerablemente su agilidad. Avanzó despacio mirando a su alrededor, buscando un lugar donde dejar sus pertenencias sin miedo a perderlas. Sabía que deshacerse de ellas en plena tormenta no era una idea muy prudente, sabía que de hacerlo tendría que memorizar rigurosamente el lugar donde las había dejado y recordar todos los detalles del camino que tomara tras esconder sus cosas, pues sería increíblemente fácil perderlas. Al final encontró la entrada de un cueva a los pies de una de las montañas y picos que rodaban aquel lugar. Con cuidado se adentró en ella. Exploró su interior y, no sin sorpresa, descubrió lo grande que era tenía casi tres metros de alto y cinco de ancho. Y se extendía varios metro hacia en centro de la montaña haciéndose cada vez más estrecha. dejó todas sus pertenencias en junto a una pared, (salvo por su arco y carcaj, un cuchillo y un trozo de carne seca, bien para usar de cebo, bien para ella misma), y las disimuló con unas piedras de alrededor. Salió fuera. Esta vez no tenía excesiva prisa. Tenía la sensación de que esta vez el lobo no escaparía. Miró a su alrededor para recordar y reconocer el terreno. Eran como diminutos valles, pequeñas explanadas de nieve, (bajo la cual seguramente hubiese hierba), y algún que otro pino bajo y ocasional. lo más curioso era que estas explanadas se encontraban casi en la misma cumbres de las montañas, rodeadas por las paredes de estas. Pero Shyanna no estaba contemplando tan hermoso lugar, sino creando una copia de él en su mente que la permitiera regresar a él sin problema. Comenzó a moverse con lentitud, fijándose en cada detalle que veía, haciendo hincapié en todo aquello que la permitiera diferenciar la explanada en la había dejado sus cosas de las demás. Tardó tan solo unos segundos en crear un mapa de la zona.
Echó a correr siguiendo las huellas del lobo, haciendo caso omiso a sus agotadas piernas que gritaban un descanso. La joven comprobó que las huellas del animal estaba cada vez menos separabas, y se hundían menos y de forma más igualitaria en la nieve. También vio pequeños surcos entre las huellas de las pata delanteras. Estaba buscando algo, seguramente refugio. De haber tenido hambre la habría matado antes y si estuviese buscando a sus similares abría aullando al viento buscando una respuesta. La cazadora continuó sorteando los árboles que con cada paso que daba con cada metro se hacían más escasos. Estaba subiendo a la montaña que había enfrente, pero no conseguía comprender por que el lobo habría escogido ese camino. Sin duda le perjudicaba, disminuía las probabilidades de salir con vida si se encontrase con Shyanna.

Los árboles quedaron atrás dejando paso a las afiladas rocas de la montaña. Las agradables llanuras nevadas, cedieron el terreno a las escarpadas y heladas ladera del pico. La ascensión se complicaba por momento, y por si fuese poco las nubes del tormentoso cielo bajaron para cubrir la cumbre de la montaña. La cazadora se paró en seco cuando dejó de ver a más de dos metros de sí. Cualquier paso en falso podría resultar fatal, podría torcerse un tobillo, romperse una pierna o incluso despeñarse montaña abajo. A tientas y con lentitud se acercó a al pared más cercana y se apoyó en ella guareciéndose del viento. Solo entonces fue consciente de su cansancio. y sin poder evitarlo sintió como sus rodillas se doblaban haciéndola caer sobre las frías piedras. Cerró los ojos y el suave y susurrante canto del viento llegó a sus oídos. Nada ni el mas mínimo ruido. Era como si el lobo se hubiese evaporado. Inspiró hondo y, como esperaba no consiguió más que llenarse los pulmones con helado aire. Ni el más sutil aroma. Le entraron ganas de gritar, siempre que estba cera de su objetivo algo se interponía en su camino. Y lo peor de todo era la imposibilidad de luchar contra dichos obstáculos. Quiso lanzar piedras al vacío. Quería encontrar a ese lobo y hundir una de sus flechas en su corazón. Aquel detestado animal que la había arruimado su vida. Por su culpa estaba perdida en medio de la nieve hambrienta, helada y sola. Sobretodo sola. Esa era la carga más peasada. Llevaba demasiado tiempo sin intercambiar una sola palabra con un igual. Si ese lobo no hubiese irrumpido en su aldea ella no habría cometido aquel error, que tan caro había pagado.
Las imágenes de aquel nefasto día inundaron su mente. La gente gritando, la sangre derramada, los lobos abalanzándose sobre los más débiles, los cazadores llegando tarde a salvar a sus familias,... y a ella desobedeciedno lo que la habían mandado y estando apunto de ser devorada por el lobo. La cazadora comenzó a llorar. Amargas y ardientes lágrimas corrieron por las mejillas de Shyanna.Todo era culpa... suya. Reconoció reacia. Ahora veía las cosas con más claridad. Por su culpa más de  la mitad de su tribu había sido herida y devorada por la manada de lobos. A la pesada soledad, se unío un terrible sentimietno de culpa. Se miró así misma contempló el arco que su amigo Rhis le había regalado. Lo apartó de sí. No merecía llamarse cazadora. Se despojó de su pieles y las arrojó junto con el arco. Quedándose con tan solo una fina túnica para resguardarse del frío. Con las manos desnudas cogió la dura y congelada nieve y la estrujó entre sus dedos. sietniendo un abrasador frío. Notó como poco a poco sus dedos iban perdiendo sensibilidad. Cuando no pudo más aguantr el dolor abrió las manos y la nive cayó de su palmas.
A penas llevaba unos minutos frente a la densa y fría niebla, cuando sus instintos tomaron las riendas y la obligaron a ponerse de nuevo sus ropajes. Casi al intantes se sitió reconfortada por la suavida y el calor que le proporcionaban estas. Shyanna cerró los ojos.  Sí, era culpa suya, admitió, pero le castigo había sido exagerado. No tenían por qué haberla desterrado, habría sido más útil ayudando a reconstruir la aldea. Si tan solo...
"¡No!", pensó cortando el curso de su pensamientos. No valía la pena pensar en que podría haber ocurrido, pues eso no cambiaría el presente.




sábado, 8 de junio de 2013

Calcuta está más cerca de lo que pensamos

Hola a todos, publico este pequeño relato con el que seleccionaron en Madrid Rumbo al Sur Para irme en verano a África. No tenía pensado "colgarlo" en el blog, pero una amiga me ha convenvido. Es posible que no os guste, o que os parezca un poco aburrido porque no hay nada de "acción" por decirlo de alguna manera, en la historia, es casi una reflexión. Pero, creedme cuando os digo que con solo cinco páginas, (a doble espacio, y con una letra bastante grande), tienes que sujetar con fuerza tu imaginación porque casi todo lo que se te ocurra superará el espacio que te dan. La frase en la que debía basarse la hitoria era: "Calcuta está en cualquier parte del mundo, siempre que se tengan ojos para vr, mejor dicho para mirar."
En fin, basta ya de rollos, espero que os guste. (¡Ah!, por favor, si tenéis un mimuto, dejad un comentario, please).



Calcuta está más cerca de lo que pensamos
 

Nuria caminaba con rapidez y decisión por las calles de Madrid. Hasta aquel momento había caminado relativamente sola. Era verano y a las cinco de la tarde, la mayoría de las persona preferían estar en casa disfrutando del aire acondicionado. Tan solo se había cruzado con una persona, alguien a quien tiempo atrás había conocido, pero no había habido ningún cordial saludo de cortesía, ni siquiera una sonrisa. En su lugar Nuria había notado como, al pasar junto a ella, su cuerpo se había tensado ante su relativa proximidad. La joven se dio la vuelta justo a tiempo para ver como aquella conocida le lanzaba una mirada reprobatoria y de desprecio. Y esa reacción había sido peor que cualquier insulto que pudiese haber pronunciado. Sin lugar a dudas el que te mirasen como si fueras un perro pulgoso era lo peor de todo, peor incluso que la indiferencia. Y por mucho que Nuria simulase que todo marchaba bien y llevase una perfecta sonrisa, siempre había alguien que era capaz de mirar a través del disfraz y de descubrir la verdad.

La joven continuó su camino, intentando olvidar el incidente, pero es demasiado complicado ignorar el hecho de que te miren como si ya no fueses una persona como ellos. Lo malo es que por mucho que lo intentara, ella o aquellos que se encontraban en situaciones similares, no podían romper el estereotipo que la gente tenía de los parados, desahuciados y demás personas con serios problemas económicos. Y Nuria tenía que lidiar con ello cada día, en las clases, en la calle,… Pero a pesar de todo se sentía afortunada. Ella, a diferencia que muchos otros en su misma situación, tenía donde guarecerse del mundo exterior. El “Centro”, nombre que ella le había dado al centro de menores en el que durante los últimos seis años había vivido. No había sido fácil alejarse de su casa, de su entorno, de sus padres, pero en aquel tiempo su familia tenía graves problemas económicos, y con la única intención de beneficiarla, la habían mandado a ese lugar. En el Centro la pequeña Nuria había rehecho, (de la mejor manera posible), su vida, había hecho nuevos amigos, y había encontrado en el Centro un nuevo hogar. 

Pero si algo tiene de cierto la vida, es que nada dura eternamente, y el tiempo se estaba agotando para Nuria. Desde hacía tres años su cumpleaños había dejado de ser una fecha digna de celebrar con alegría, pues la muchacha sabía que con cada vela que soplaba se acercaba cada vez más al final de su vida en el Centro. De sobra sabía que el día que cumpliese la mayoría de edad, tendría que enfrentarse a la cruda realidad, esta vez sola. Y para ese día tan solo quedaban unas horas.
Esta era una de las razones por las que tanto se empeñaba en estudiar, pues sabía que, ahí fuera, lo único que la separaría de una vida pobre y mísera, serían sus conocimientos y expediente académico.

Cuando por fin llegó a “casa”, una avalancha de niños pequeños la rodeó nada más pisar la entrada. Los seis críos pedían cada uno por su lado el regalo que la muchacha les había prometido. Nuria se metió la mano el bolsillo y mostró lo que había en su interior. Al punto los niños enmudecieron, y se quedaron mirando la chocolatina con ojos golosos. Nuria escondió el chocolate e hizo un gesto y obedientes, todos los niños se colocaron en una fila.


-¿Qué es lo que se dice?-preguntó la chica una vez hubo repartido una chocolatina a cada niño.

-Gracias, -murmuraron todos al unísono como un coro bien coordinado.

-¿Y para mí no hay nada?-bromeó un muchacho desde el pasillo.-Para mí no hay ningún regalo de despedida.
-Diego, tú ya eres demasiado mayor para comer chocolatinas.- Replicó la joven con una sonrisa.
-Sigo sin comprender por qué lo haces, -dijo el chico. Nuria dejó atrás a los niños, y fue con el muchacho al salón.
-Alguien tiene que endulzar un poquito sus días, ¿no crees?- respondió la chica encogiéndose de hombros.

El salón estaba vacío, la mayoría de los niños estaban en el jardín o en la cocina merendando. Diego no tardó ni dos segundos en tirarse al sofá y apoderarse del mando. En otro momento Nuria se habría abalanzado contra su amigo y se habrían peleado por el control del mando, pero en aquel momento su mente estaba inundada de imágenes pasadas y recuerdos. Seis años pasaron de golpe ante ella, risas, juegos, comidas, riñas,… “Seis años” se repitió a sí misma. En todo ese tiempo muchos chicos habían salido y entrado en el Centro.
Recordó su primer día en el Centro, cuando no era más que una cría asustada que no entendía que le estaba sucediendo. Ahora sí lo comprendía, y pronto tendría enfrentarse a ello, esta vez sin casi ayuda.
El día a día había pasado muy lentamente, pero los años habían volado.

-¿No vienes?- le preguntó el muchacho apartando la mirada del televisor.
-No, no, gracias creo que me voy un rato con los “peques”.- Mintió ella volviendo a la realidad. Dicho esto, Nuria dio media vuelta y salió de la habitación. Recorrió los pasillos del Centro, y contempló como los niños jugaban y reían. Aquellos críos que apenas alcanzaban los ocho años de edad, y a pesar de su inocencia, y supuesta ignorancia, entendían, en cierto modo lo que ocurría su alrededor. Sabían que algo en sus vidas era diferente a la de los demás niños de su edad. Y eso en cierta medida, les marcaba. Nuria pensó en las miles de veces que había oído a la “gente normal” estereotipar a todos los niños que vivían en centros de menores. Mucha gente les tomaba por críos mal educados, ariscos e impulsivos. Pero ninguno se paraba a pensar en lo fuerte que eran aquellas criaturas, en su gran resistencia. Eran pequeños  “guerreros” valientes que luchaban incansablemente por sobrevivir en el arduo campo de batalla de la vida. Otros adultos en su lugar, se habrían venido abajo. Pero nadie se fijaba en la deslumbrante luz que brillaba en aquellos niños, si no en el oscuro ambiente que les rodeaba.

Nuria siguió avanzando y llegó hasta una pequeña salita en la que hacía unos meses había hablado con la sobrina de Marta, (una de las directoras del Centro), que estaba estudiando medicina. Casi no recordaba la conversación, pues apenas había durado quince minutos. Lo que si recordaba era lo ciega que estaba esa joven. Tenía una visón bastante limitada de la realidad, era realmente consciente de la pobreza y sufrimientos de otros países, (y estaba dispuesta a colaborar por su desarrollo), pero incapaz de ver la necesidad que había en su propio país, de lo mal que lo pasaba la gente que vivía a su alrededor.  Después de aquello, no había vuelto a saber nada de ella.

La joven continuó su camino por el Centro. Subió las escaleras y llegó a los dormitorios. Se apoyó en el marco de la puerta de la habitación y en esa postura contempló todas las camas, unas enfrente de otras. Sin duda echaría de menos dormir con gente alrededor. Echaría de menos todos y cada uno de los rincones de esa casa, y a todos los que en ella vivían.

****

Nuria sopló su decimoctava vela con lágrimas en los ojos, nunca había deseado tanto ser una niña pequeña como en aquel momento. Todos la felicitaron, Nuria abrazó a cada uno de sus compañeros, con un nudo en la garganta. El pequeño bizcocho casero de una de las coordinadoras, fue devorado por los más pequeños.
Y cuando dieron las doce, fue cuando Nuria recibió el regalo que su edad conllevaba, la libertad, con un precio muy alto para alguien como ella, la soledad. La joven hizo un soberano esfuerzo por no llorar. Su amigo Diego, cuyo tiempo en el Centro también estaba muy cerca de agotarse, la abrazó.

-No estarás sola, ¿lo sabes verdad? Yo pronto te seguiré y Marta te va ayudar. Todo irá bien.- Aseguró el muchacho.
Nuria asintió con un nudo en la garganta, y separándose de Diego se dirigió a los más pequeños. Se arrodillo ante ellos, y estos la rodearon con sus finos bracitos. “¿Quién os traerá ahora el chocolate que tanto os gusta?” Pensó apenada. Cuando consiguió deshacerse del abrazo de los niños, se despidió de los que durante seis años habían sido sus segundos padres. Acto seguido cogió las llaves que Marta le tendía, y recogió su maleta del suelo y avanzó hacia la puerta. Su tiempo en el Centro había terminado, y le dolía dejar todo atrás. Aún así Nuria sabía que era afortunada. Inspiró hondo y avanzó, y justo en el último instante se volvió para dar un último vistazo al Centro y, (en cierto modo), a su familia. “Volveré”, pensó mientras se alejaba”, pero la próxima vez será para dar, no para recibir”.

miércoles, 6 de marzo de 2013

17 años.

Hoy, para mí es un día muy especial. Hace 17 nací y comenzó mi apasionante viaje por este mundo. Hoy tras cumplir diecisiete años 365 se abren ante mí como un gran álbum en blanco esperando a que lo rellene con buenos momentos, risas, y en general buenos recuerdo de la gente que aprecio y míos.

Sin duda el tiempo ha pasado rápido, hace tan solo unos años era una cría que deseaba comerse el mundo, crecer, hacer de todo. Ahora esa niña ha crecido, ya no va al colegio, ni a la E.S.O. si no a Bachillerato, de hecho ya sólo le queda un año para ser mayor de edad y casi dos para pasar a la universidad. Sin embargo el espíritu de aquella pequeña niña sigue estando en el fondo de esta nueva chica, ya más mayor pero con la misma ganas si no más de explorar este mundo.

 Si algo he aprendido en estos 17 "añitos" de vida es que el tiempo nunca pasa como queremos, pero que sobre todo, tiene (tal vez mala) costumbre de pasar volando, de no parar ni un segundo. Así pues debemos aprovechar cada, minuto cada segundo, porque sino llegará un momento en nuestras vidas en el que miraremos hacia atrás sorprendidos, porque ya ha pasado media vida y no nos hemos dado cuanta, y desearíamos volver atrás y aprovechar más. Por eso yo intento que cada día sea especial, sobretodo fechas tan importantes como la de hoy. Intento que hasta el más mínimo de talle, como publicar esta entrada antes de las 24:00, o la colonia que me he puesto sea, sea algo especial. Porque mi vida ya está pasando, aunque acabe de empezar y me quede mucho todavía. Porque ya han pasado 17 años y porque nunca podré volver atrás.

Así pues, despido el que ha sido un maravilloso cumpleaños, a pesar de haber caído en miércoles y no en fin de semana. Animando a todo aquel que lea esto a que celebre (cada día, en especial:) su cumpleaños, sin importar los años que cumplas, porque cada día de esos son únicos en la vida. ;)

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Cazadora III: Dejando los orígenes


Llevaba varios días vagando por los bosques del valle sin saber qué hacer, evitando cualquier encuentro con cualquier miembro de su antigua tribu.

Habían pasado ya cuatro meses y medio desde que había expulsado de la tribu de los Sheles.

Había sido muy duro estar sola y sin ayuda ninguna pero con esfurezo y pese a toso Shyanna, se había logrado organizar su nueva vida bastabte bien, de forma independiente. Había aplicando todo lo que había aprendido mientras había estado con su tribu. Había encontrado una pequeña cueva, resguardada del viento donde se había instalado y guardaba sus escasa pertenecias. Lo más dificil había sido cazar, durante las primeras semanas se alimentó solamente de lo que recolectaba. Pero las bayas no eran suficiente y la necesidad de comer agudizó no solo los sentido sin tambien la destreza de la joven y aprendió a usar el arco, y a los do meses no había animal que escapase de sus certeras flechas.

Pero ahora que había conseguido todo aquello no sabía qué hacer, se pasaba los días recorriendo el valle con una bolsa que ella misma se había confeccionado y en la que guardaba todo aquello que se encontrase. Recolectaba bayas y hierbas medicinales y cazaba para tener víveres para el ya cercano invierno, confeccionaba canastos y ropa de abrigo. Y ahora que ya tenía todo lo que necesitaba se aburría, pero sobretodo se sentía sola. Al principio la preocupación por sobrevivir la había mantenido ocupado, pero ahora...

Se sentó en una gran roca junto a un ruidoso arroyo y permaneció allí quieta y sin hacer nada, simplemente mirando el agua correr. De repente el crujido de una rama llamó su atención. Giró la cabeza en la dirección del ruido con la gracia y rapidez que lo haría una gacela. Y allí estab el causante de tdo aquello. Aquel gran lobo gria que casi cinco mese atrás había atacado su aldea.

Shyanna se incorporó en completo silencio. Y con con cuidad cogió su arco, colocó una de sus flechas en la cuerda, tensó y apuntó. Pero una suve brisa alertó al lobo de su presencia y cuando la joven lanzó la flecha el lobo ya la había visto y se apataba velozmente. Sin embargo Shyanna no se dio por vencida, no perdió un segundo y se lanzó en la persecución del lobo. Corrió por el bosque sin importarle las ramas que arañaban sin piedad su piel. Shyanna estaba decidida a dar caza aquel lobo, por él se encontraba en esta situación y no pensaba dejar las cosas así.

Corrió durante una hora, pero fue en vano el lobo había desaparecido. Furiosa consigo misma por no haber ido más rápida a la hora de dispara la flecha, la joven arrojó su arco al suelo con fuerza a la vez que profería un grito de frustación. Pero cuando se agachó para agacharlo escubrió algo que le hizo enfocar las cosas de un modo diferente. Allí, frente a ella se encontraban las huellas recientes del lobo. Podría rastrearlo. Sabía como hacerlo. No lo pensó dos veces, seguría aquel lobo hasta el final del mundo si hacía falta para poder acabar con él.

Los días siguientes se dedicó a seguir el rastro del lobo. De vez en cuando lo veía, pero demasiado lejos como para darle alcance con una flecha.

El animal se sentía cada vez más acorralado, sentía cómo alguien lo acechaba y el olor de ese ser era muy parecido a los de aquellos que hacía cinco mese por poco no acaban con él, y todo eso comenzaba a ponerlo nervioso. Con lo cual poco a poco el animal se fue replegando hacía las montañas donde esperaba encontrar la tranquilidad y seguridad que parecía no encontrar en el valle.

Shyanna no tardó en darse cuanta de aquel hecho, sin embargó sus ganas de acabar con aquel lobo flaquearon cuando descubrió hacia donde se dirigía el animal. Reflexionó sobre ello largo y tendido, ahora que nada la ataba al valle, no encontrab razón para no irse, pero por otra parte el invierno estaba próximo y en las montañas era extremadametne duro. Sin embargo si no lo seguía ahora, le perdería la pista y ya nunca lo encontraría. Con lo cual optó por no rendirse, seguiría a aquel animal hasta la montñas y más allá si hacía falta. Se negaba a renunciar a su cacería, porque en el fondo sabía que la caza la mantenía ocupada, y que si se rendía de nuevo la soledad la torturaría de nuevo.

Así que no lo pensó más, sin duda iría tras el lobo.




viernes, 21 de septiembre de 2012

El dibujo de la rosa

Bruno se levantaba todos los días de su vida con una sonrisa en la cara, una idea diferente cada vez y ganas de aprovechar al máximo cada minuto. Era un talentoso pero nada conocido pianista que tocaba en un café perdido entre las calles del Casco antiguo, pero no por ello menos acogedor.

Bruno vivía en un pequeño apartamento en mitad del centro histórico junto con su piano de cola y  su querido gato negro Notas. Aunque su gato nunca lo supo, por la simple razón que nunca se lo escuchó pronunciar a su dueño, porque Bruno era mudo.

Un día, Bruno salió temprano, como de costumbre, a dar su paseo matutino, (como trabajaba por las tardes-noches, por la mañana tenía mucho tiempo libre). Apenas había salido de su portal cuando se chocó con una despistada señorita que caminaba apresuradamente cargada con una carpeta llena de papeles, que cayó al suelo en el choque. Una lluvia de folios cayó sobre ambos. La chica apresuradamente se agachó a recoger sus cosas junto con Bruno. La chica se despidió con el con una rápido pero sincero "gracias". Bruno tan solo sonrió. Y vio como la chica desaparecía entre la gente. Cuando bajó la mirada vio que bajo sus pies se encontraba una de los papeles de la chica, lo cogió esperando encontrar números y letras sin sentido. pero para su sorpresa encontro el dibujo, (a carboncillo) de una rosa. Así que aquella joven se dedicaba al arte.
Echó a correr buscando a la chica, pero hacía rato que se había ido. Bruno volvió a mirar el dibujo, era toda una obra maestra. recordó a su autora. Una joven de su edad, aproximadamente, de pelo azabache recogido en un moño chienesco con unos mechones cayendo a ambos lados de su cara. Su sofisticado peinado estaba adornado con una pinza roja en forma de rosa.  Su piel clara y sus profundos ojos oscuros que brillabn como gotas de roció al amanecer. Su blusa blanca y su roja falda. Era tan guapa ojala, supiese su nombre, ojala la volviese a ver...


Al día siguiente volvió a salir temprano y se dirigió al parque de la Alcazaba.  Y ahí estaba ella sentada en una banco con su caracteristico recogido y carpeta de dibujos. Estaba pintando, concentrada en cada trazo que dada con su lapiz en cada rayo de luz que alumbrada lo que estuviese pintando.
Entonces se le ocurrió una idea, corrió a su casa, cogió el dibujo de la rosa y volvió al parque pero ella ya no estaba. Cabizbajo se dio la vuelta cuando su bombilla se iluminó de nuevo. Miró de nuevo el banco en el que la chica había estado sentada, después su dibujo y sonrió.

Bruno se levantó un poco más temprano esta vez bajó corriendo a la floristería que había en la calle paralela a su casa, commpró una rosa roja y volvió a su casa. Cogió el dibujo y se fue camino al parque. Dejó en el banco el dibujo y justo encima la rosa y se alejó de allí sin perder de vista el banco. Pocos minutos despues la misteriosa chica aparció a la misma hora que el día anterior y se sentó en el mismo banco. Fue entonces cuando se percató del regalo que alguien la había dejado. Cogío la rosa y se la acercó a al nariz para aspirar su aroma. Luego cogió el papel y al comprobar que este era su dibujo perdido sonrió. Miró a su alrededor, pero había varias personas, ¿quién se lo habría devuelto junto con el detalle de la flor? Decidió que no lo descubriría ese día y con una sonrisa en los labios abrió su cuaderno y comenzó a dibujar. Veinte minutos más tarde cerró su blog. Cogió su dibujo encontrado, su rosa y se marchó.
A los pocos segundos Bruno se leventó del banco desde el cual, fingiendo que leía el peródico, había observado a la joven artista. Sonriendo volvió a casa.

Repitió aquel "juego" durante los días siguientes. Cada mañana  se levantaba temprano, con alegría ilusión y una sonrisa en la cara. Compraba un rosa roja y la dejaba, siempre a la misma hora en el mismo banco en que su misteriosa dama pintaba. Él fingía leer el mismo periódico de siempre mientras observaba ensimismado pintar a la joven artista.
Y cada día al llegar a su casa tocaba una melodía nueva, inspirada por su misteriosa dama.


Habían trancurrido casi dos semanas desde que Bruno había comenzado a dejar rosas y a componer canciones a la artista, cuando decició dar un paso más. Esa maña se levantó más temprano de lo normal y con su pasmosa habilida con el piano, compuso una canción totalmente nueva, llena de sentimientos y sobre todo muy hermosa, a la joven artista. La grabó a fin de no olvidarla nunca y copió con mucho esmero cada nota en una hoja con pentagramas y con mano firme escribió el título :

  Te quiero.

Luego bajó a la floristería y compró la rosa roja más bella de la tienda. Volvió a su casa, recogió su
recién compuesta canción y el periódico de todos los días, y salió de nuevo, esta vez rumbo al parque de la Alcazaba. Con esmero, colocó en el banco de siempre la rosa y debajo de ella la canción. Y como siempre se sentó en un banco cercano al de la artista.
Puntual, llegó como siempre la joven, como siempre deslumbrante, en esta ocasión con un bonito vestido rojo. Sin embargo esta vez no se sentó, simplemente rcogió la rosa, aspiró su dulce aroma y buscó con la mirada a su admirador secreto. A Bruno le faltó valor para levantarse y dirigirse hacia ella. La joven bajó decepcionada la cabeza y se marchó. Le hubiese gustado saber quién era antes de irse. Bruno levantó la vista, y contempló extrañado como se iba su misteriosa joven. Giró la cabeza hacia el bancó y encontró la la última pieza del puzzle. ¡La canción se había volado y estaba ahora debajo del banco! Corrió a recogerla. Debía darsela a la artista ¿y si esa era la última vez que la veía? La vio a lo lejos. Le hubiese gustado llamarla pero de sobra sabía uqe jmás podría y corrió tras ella. Pero esta se perdió en tre la multitud. Buno no se detuvo seguió corriendo, llegó hasta la plaza de España pero nada. No había ni ratro de la joven. Con la cabeza gacha volvió sobre sus pasos. Estaba enfrete al portal de su casa, contempló su ventana abierta y al pequeño Notas juguetear con el casette. Se dio la vuelta una vez más esperando ver a aquella misteriosa chica, pero esta no apreció. Triste se dio la vulta y...¡PUFF!
Los dos cayeron al suelo. Bruno se llevó la mano a la cabeza, había sido un bueno golpe. Cuando abrió los ojos, vio lo que hacía unos segundos fue un preciosa rosa roja. Abrió mucho los ojos sorprendido y cogió la flor.
-Lo siento muho- se disculpó una suave voz. Bruno levantó la mirada y ahí estaba ella frente a él. Con una media sonrisa Bruno le entregó lo poco que quedaba de la flor. Entonces hubo un "click" en la cabeza de la joven y una deslumbrante sonrisa se dibujó en su rotro. Bruno se levanttó y le tendío la mano. Acto seguido le entregó el papel. Ella lo leyó y volvió a sonreir. Y movió las manos, de un modo que Bruno conocía muy bien, formando la respuesta que Bruno quería ver: "Y yo"
Tal vez fuera casualidad, tal vez no pero en ese momento Notas apretó el botón de Play y la canción de Bruno sonó una vez más.










lunes, 23 de julio de 2012

Cazadora II: Un nuevo comienzo

Shyana recogió sus escasa pertenencias y las depositó sobre una especie de mochila de piel que había confeccionada aquella misma tarde. Durante la noche mientras todos dormían, la joven se levantó de su camastro y se dirigió a las cabañas donde se guardaba todo el material. Pensó en coger una lanza, o un arco, pero pensó que robar aquello carecía de sentido, no podría esconderlo de no ninguna manera y sin duda se lo quitarían nada más verla. En su lugar cogió un cuchillo  piedras de yesca para hacer un fuego, cuerdas para colocar trampas y una aguja para poder confeccionarse algo de ropa de abrigo, aparte de su abrigo de piel, con lo que consiguiese cazar.

Cuando por fin salió el alba la aldea entera estaba despierta para despedir a Shyana.La joven avanzó entre la pasillo que los que un día fueron sus amigo formaban. El chamán de la tribu la detuvo un momento y en uno de los colgantes que llevaba, en aquel perteneciente a su tribu, colgó un nuevo amuleto, que representaba la culpa y la responsabilidad de los fallos cometidos. Llevaba su saco-mochila colgada en el hombro y avanzaba con fingida determinación. Temía lo que fuera a encontrarse ahí afuera, le daba miedo encontrarse sola, perderse, ser atacada por algún animal sin saber cómo defenderse, no encontrar comida también la preocupaba profundamente. Sin embargo también sentía rabia, dolor y un poco de odio hacia su tribu, no había pena ni consuelo en los ojos de ninguno de los presentes todos la miraban con indiferencia o como si fuera una desgracia que por fin desaparecía de sus vidas.
Shyana apretó los dientes e intentó no llorar. No les daría esa satisfacción. Buscó con la mirada a su amigo Rhis, pero no le encontró. No supo cómo tomarse eso.
Salió de la aldea y se internó en las lindes del bosque, intentando mantener la cabeza alta.
Entonces de entre los arbustos apareció Rhis, llevando su arco con él.
-¿Pensabas irte sin despedirte antes?- Shyana sintió como los ojos se le llenaban de lágrimas. Entonces Rhis avanzó hacia ella y la estrechó entre sus brazos. La chica lloró al fin. Ere el primer gesto de afecto que recibía desde "el incidente". Nadie se había parado a pensar cómo estaría ella. Nadie se había preguntado cómo los estaría pasando. La habían criticado y declarado culpable del destrozo causado por los lobos y nadie había mostrado la más mínima compasión.
-Lo siento- murmuró ella.
-A mí no me tienes que pedir perdón, tú no tienes la culpa de nada.
-Tengo miedo.-confesó ella.
-Lo sé, por eso te he traído algo,-se llevó la mano a la cabeza y acogió una de las plumas que llevaba prendida al pelo.-Toma, es una pluma de águila, mi espíritu. El águila es el guía, te ayudará a encontrar el camino correcto.-Shyana se sintió reacia a aceptarla, una pluma de águila era una de las posesiones más preciadas que podía tener un shele, aún así aceptó el regalo.
-También, como aún desconoces tu animal, te doy esto, dijo sacando de entre sus ropas un colmillo lleno de diversa runas, que pendía de una cuerda.-Es de un lobo,-explicó,-te traerá suerte. Tal vez te ayude a descubrir tu espíritu.
Acto seguido se lo puso a la muchacha.
-Y por último, te regalo mi arco, lo necesitarás si quieres comer.
-Pero, yo no sé utilizar el arco.
-Aprenderás, ya lo verás. y en cuanto a las flechas, no tienes que preocuparte, sabes como hacer más.
Con una sonrisa llena de agradecimiento  Shyana cogió el arco y el carcaj que el joven le tendía.
-Voy a echarte de menos,-aseguró ella volviéndolo a abrazar.
-Todo irá bien.
Y tras algunas palabras más de despedida, la joven emprendió su camino hacia su nueva vida. Un camino que desconocía y que le depararía infinitos peligros. Pero le daba igual, sabía que ya nada podía ir a peor, ya no tenía nada que perder. Se paró y miró por última vez el lugar en cual había vivido hasta la fecha. Una lágrimas corrió por su mejilla. Cerró los ojos con fuerza, tragó saliva y respiró hondo. Cuando abrió los ojos fijó la vista más allá de las cumbres nevadas que rodaban el valle y reanudó su marcha, dispuesta a enfrentarse a su destino, a encontrar su propio camino.

... continuará.