Bienvenidos a este pequeño rincón de imaginación, (un poquito de) locura y magia. ¿Que quién soy yo? Pues soy una enamorada de la vida y de los libros con mil sueños y delirios de escritora. ¿Qué vais a encontrar aquí? Pues todo lo que te puedes encontrar, precisamente, entre las páginas de un libro: fotos, anotaciones, recuerdos, notas, reflexiones, un poco de poesía, humor y alguna sátira, historias,… y un poco magia.

Ahora sí, disfrutad de vuestro viaje por este mundo Entre las páginas de un libro.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Caída (I)

(Esta historieta la he enviado a Masqueunahistoria).


Se acercaba ya la fecha de la inauguración de su nuevo espectáculo. El circo "La Mariposa" bullía de actividad. Todos estaban ocupados en sus tareas.

Alexandra Doyle la vanidosa y orgullosa trapecista y protagonista del próximo espectáculo, estiraba antes de ponerse a ensayar.

-¿Preparada?-preguntó una alegre voz a sus espaldas. Kai. Alexandra puso cara de fastidio. No comprendía como ella, la mejor trapecista del circo, la que más tiempo llevaba trabajando con "La Mariposa" tenía que compartir con aquel novato el protagonismo de la obra. Siempre había actuado sola y todo había ido perfectamente, pero con él todo se complicaba. Se equivocaba a menudo en los pasos, había estado a punto de tirarla más de una vez, pero lo que más la exasperaba era sonrisa que tenía siempre en la boca, como si todo no fuese más que un juego sin apenas importancia.

-¿Lo estás tú?- preguntó ella con acidez, poniéndose de pie y volviéndose a mirarle.- Porque te recuerdo que la última vez el que se cayó del trapecio fuiste tú no yo.

-Solo fue un pequeño accidente- contestó con una radiante sonrisa.

-¡Un pequeño accidente! ¡Por poco no me tiras a mi también!-casi gritó ella. Inspiró profundamente para calmarse, se dio media vuelta y se fue a seguir con su estiramiento e otra parte. El muchacho meneó la cabeza con una sonrisita en los labios. Y se fue en dirección contraria a ella.

Mientras, los tramoyistas lo preparaban todo para el último ensayo antes del espectáculo. Ramón, era el que se encargaba de las cuerdas, redes de seguridad, y todo lo que necesitaban los trapecistas. Normalmente tardaba entre 45 minutos en ponerlo todo a punto, pero esta vez, tenía prisa, tenía ir a ver a su hermana que el día anterior había tenido un accidente de coche y estaba en el hospital. Así que lo hizo en treinta minutos.



Quince minutos después vino Mary, una de las encargadas de mantener el teatro limpio y en orden. Al igual que Ramón también tenía prisa, iba con retraso. La noche anterior se había quedado despierta hasta tarde haciendo los últimos retoques en los trajes de los artistas, y no hacía más de media hora que se había levantado. Fregó con rapidez el escenario y los pasillos por donde se movían todos los artista para ir de un lado a otro del escenario a otro sin ser vistos por el público. Y con las prisas olvidó colocar el cartel amarillo para advertir que el duelo estaba mojado y por tanto era resbaladizo.

Entonces llegó la pequeña Lucía con su tutú y sus zapatillas de ballet. Se dirigía al camerino de su hermana mayor, una de las trapecistas secundarias. Como no quedaba mucho tiempo para que el director llamara a todos los artistas a escena, la pequeña bailarina cogió un "atajo", uno de los corredores por los cuales los gimnastas se movían para no ser vistos por el público, más concretamente el pasillo en el que se encontraban todas las cuerdas, redes, lazos,... que eran utilizados por su hermana y sus compañeros. Iba corriendo y sin cuidado por donde pisaba. Entonces resbaló con el agua del suelo reciésn fregado. Y para no caerse se agarró a lo primero que vio, la palanca que mantenía tensa la red de seguridad para los trapecistas. Se levantó y siguió su camino hasta el camerino de su hermana. Allí estaba Alae, terminando de maquillarse.

-Pero, ¿qué te ha pasado?- preguntó al ver la mano negra de su hermanita y el agujero de sus medias blancas.

-Me resbalé, me agarré a algo, pero eso se movió y me caí al suelo.-Explicó la niña.-Me duele-dijo acariciando su dolorida rodilla. Su hermana la sonrió con ternura.

-Anda ven-dijo. Cogió una toallita le limpió la mano y por último le echó una crema en su rodilla para que no se inflamase.- ¡Ala! Lista, ya...

-¡TODOS LOS TRAPECISTAS, ACUDID AL ESCENARIO, ÚLTIMO ENSAYO EN DOS MINUTOS!- dijo una voz a través de los altavoces.

-Me tengo que ir.- dijo Alae, besando la mejilla de su hermana.- Y la próxima ten más cuidado.

Alae llegó al escenario cuando todos sus compañeros estaban ya preparados en sus trapecios, esperando.

-Llegas tarde Alae-recriminó Alexandra.

Alae se disculpó por su tardanza, y subió rápidamente a su puesto. Cogió el trapecio con dificultad, todavía había resto de crema en sus manos.

-Recuerda Alexandra, el en tercer balanceo te pasas al lazo...-comenzó Kai.

-Sé lo que tengo que hacer- replicó Alexandra con frialdad a la vez que giraba la cabeza para mirarle. Perdiendo ,así, de vista el trapecio unos instantes. Cuando volvió la cabeza el trapecio ya había llegado y se estaba yendo.

-No lo cojas ahora, espérate...

-Déjame Kai- cortó Alexandra saltando, tarde hacia el trapecio. Durante un segundo todos temieron que no consiguiese agarrar a tiempo el columpio, pero lo consiguió. Puso, con fuerza, ambas manos al rededor de la barra de metal. Cogió impulso para balancearse.  Pero entonces, sus manos patinaron sobre el metal, por la crema que Alae había dejando en el columpio. El columpió se escapó de las manos de Alexandra, y cayó.
 Todo sucedió muy rápido. Su voz, llena de terror, se mezcló con la de sus compañeros, nunca antes se había caído. Pero por encima de todas escucho la de Kai, que gritaba su nombre. Alexandra cayó sobre la red, pero esta apenas frenó su caída. Era como si nadie la hubiese tensado. Alexandra chocó contra el suelo con estrepito. Todo se tornó borroso. Oyó los gritos de todos, pidiendo ayuda. Vio que alguien se inclinaba sobre ella. Era Kai. Pero, ¿qué había pasado con su preciosa sonrisa? Había desaparecido. "Alexandra, Alex..." la voz rota del jven rebotaba en sus oídos. "Quédate,- suplicó,- por favor, no te vayas. Yo..." Nunca escuchó el final de la frase. Alexandra cerró los ojos con un suspiró.

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